(sesiones 48, 49 y 50)
Aquí estuve con Antonio y fue un bonito encuentro, y con Jordi que apareció por sorpresa y fue un bonito reencuentro y me llevó a los molinos. Bonitos molinos y bonita mañana de cuentos para jóvenes, aquí tienes las fotos:


Aquí se está empezando a programar cuentos para adultos de una manera estable (aunque actividades han hecho de siempre, antes de existir este edificio). Me cuentan que los adultos van viniendo poco a poco, cada vez en mayor número. Y uno se da cuenta de que atraer al público a estas cosas es como engañar caracoles. Uno tiene que ir despacito al principio, con mucho mimo, para que los adultos salgan de su concha y asomen sus cuernos (permítanme la metáfora y no piensen mal). Pero al hacerlo así, periódicamente, eligiendo bien los narradores (no me refiero a mí, que por aquí pasaron Félix y J. M. Garzón) se termina por enviciar a la gente en eso de disfrutar con las palabras... pues como ha sido toda la vida.
Y bueno, ya se sabe, las palabras van trayendo las risas y, mira, nos vamos sintiendo cómodos. Tanto, que llega el momento de dar una primera oportunidad a una historia que no partía como titular. Conté por primera vez para adultos el cuento “Lejos”, que no da nada de risa y que creó un momento emotivo que algunas personas me agradecieron sin saber (aunque se lo dije) que era yo el agradecido. Lejos empieza así:
Cuando le dijeron a Alberto que su tía Marta se había marchado, decidió ir a buscarla. Metió en la mochila un puñado de canicas para no olvidar que era un niño. También una foto de su tía, aunque no tardó en sacarla, no quería llevársela así, tan quieta y callada.
Cogió algo de pan, de agua, algo de abrigo y echó a andar hacia donde los adultos le habían dicho que estaba:
“Lejos, Alberto, la tía Marta se ha ido muy lejos.
Lo más lejos que puede uno irse.
Allá de dónde no se vuelve”.
“Pues si no va a volver, tendré que ir yo a buscarla”, se dijo.
Y también, “lejos, lo más lejos debe ser al otro lado del mar”.
Y Alberto anduvo los caminos y llegó al mar.
-Mar, ¿sabes tú dónde está mi tía Marta?
Y el mar miró en los barcos que le surcaban la espalda en ese momento,
preguntó el nombre a todos los ahogados que le vivían dentro y respondió:
-No, conmigo no está.
-Entonces, puede que haya ido a tu otra orilla.
-Puede, pero si me pasó por encima lo habría notado. A lo mejor lo sabe el viento. Él llega más lejos que mis orillas...
Al acabar, el dueño del bar se marca un detalle: había estado grabando en secreto la sesión y me entrega una copia. Gracias, por esta vez no te denunciaré. Os dejo aquí un trocito para los que no pudisteis venir. El cuento "Cape", una historia que llevo aaaaaños contando, que tenía un poco abandonada pero, vete tú a saber el motivo, apareció de repente.
(El enlace anterior no funcionaba, a ver con este)
Y un público al qué conté mis Humedades.
Este señor, que es el fotógrafo, hizo estas pedazo de fotos desde todos los ángulos, que pasan directamente al apartado de antología.


Leímos con las orejas historias que iban por el aire. Se quedaron con ganas. ¡Qué avidez de palabras tienen las personas que ya saben lo que es disfrutarlas! Les emplacé a las historias que se leen con los ojos y que van en el papel.
Un placer, Alonso, muchas gracias por dejarme disfrutar de vuestro entusiasmo.

Encima estabas por ahí Oscar, y me hiciste recordar mi paso por Edebé, me gustó. Lástima que no coincidimos en un descanso.

De dirigía a Abarán a empezar mi semana murciana en el colegio Juan XIII. Allí me encuentro con Antonio, andamos buenos los dos, yo constipado y él afónico, un comienzo así solo puede acabar bien. Cuento cuentos para alumnos de 2º y 4º y aun queda un ratillo para contarles algo a unos agradecidos alumnos de cinco años.

Por la tarde, tras pasear por la vera de un río con agua (para mi asombro) que estaban arreglando y dejando bonito (para mi asombro) doy una charla a la que asiste un buen número de madres y un padre (¿dónde nos metemos los hombres cuando hay actos de este tipo?). “Aprende a contar un cuento” le llamamos a la charla, aunque ellas ya saben, es solo por reflexionar, por compartir experiencias y por tener la ocasión de decirles que los profesionales contamos historias a sus hijos pero los cuentos que sus hijos recordarán toda la vida son los que les contarán ellas (y ellos, ojalá que ellos también).
Por si faltara algo, por la tarde hacemos una pequeña excursión para ver las norias centenarias que todavía funcionan por allí.